viernes, 22 de enero de 2010

Antonio Polo



© Antonio Polo. San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “Quince líneas” Ed. Tusquets, « Lavapiés » Ed. Ópera Prima; “La vida en Hermenauta” Ed. Ariadna. Director de la revista Cultural Ariadna creada en 1997. Colaborador en varias revistas literarias: ”Cuadernos del matemático”, “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Traducción del italiano “Odore dei racconti” y “Los chicos de Vico Capriata” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia. III Concurso de Relatos Cortos de Viaje 2008.


Poema dedicado a Cáceres 2016



MARINERO DE LA VERA

A mi padre,
¡Que nunca deje de navegar!

Trujillo (Cáceres) 1944, mi padre espera la pleamar con una maleta de cartón.
Detenido frente a la estatua de Pizarro,
insta a acompañarlo a una playa mágica del Jerte.
Después abre los ojos y busca al que custodia
la puerta arcada de un cuartel en el Ferrol,
al que le enseñará el secreto de los cabos y las maromas,
al vigía de los faros que iluminaron sus quimeras,
al arrestado sobre un mástil que olvidó la contraseña,
a los pañoleros que custodian las velas de mesana,
al que se enamoró de un mascarón de proa en Buenos Aires,
a los tatuados cuyos antebrazos esconden siempre logaritmos,
a los marineros que lanzan al aire sus lepantos por las tardes,
a la adiestrada tropa que baldea la cubierta gris de los navíos,
a los neófitos y sus daguerrotipos con vírgenes de secano,
al tahúr que se juega el alma al otro lado de la dársena;
las redes amontonadas sobre los bolardos del puerto,
la media luna que acosa los pilares del Puente de las Pías,
a la meretriz hambrienta apoyada sobre un pañol de Infantería,
el gallardete añil tremolando en el mastelero de una fragata,
la lluvia que amenaza la retreta en el Cuarto de Banderas,
el desfile con su deslucida columna de inhábiles,
la oración que su madre le cosió bajo el forro de la chaqueta,
el escapulario de trapo negro manchado de pimentón,
el trozo de una vasija sagrada de Mérida,
y los restos de la carta esférica con la que siempre recordó a Galileo.
Madrid 1997, mi padre fondea en una bahía de cerezos blancos
mientras yo descubro la estrella Polar en una habitación del Hospital del Aire.

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